Recientemente se ha celebrado el día contra la violencia de género, en este tipo de violencia y en la vida cotidiana cometemos un tipo de machismo, sin darnos siquiera cuenta: los micromachismos
¿Qué son los Micromachismos?
Son llamadas así las prácticas de dominación masculina,
comportamientos de inferiorización hacia la mujer, en la vida cotidiana,
del orden de lo “micro”, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de
la evidencia. Se trata de un amplio abanico de maniobras interpersonales
que realizan los varones para intentar mantener el dominio y su supuesta
superioridad sobre la mujer objeto de la maniobra, reafirmar o recuperar dicho
dominio ante una mujer que se “rebela” o resistirse al aumento de poder
personal o interpersonal de una mujer con la que se vincula, o
aprovecharse de dichos poderes.
Son microabusos y microviolencias que atentan contra la autonomía
personal de la mujer, en los que los varones, por efecto de su socialización de
género son expertos, socialización que, como sabemos, está basada en el ideal
de masculinidad tradicional: autonomía, dueño de la razón, el poder y la
fuerza, ser para sí; y definición de la mujer como inferior y a su servicio. A
través de ellos se intenta imponer, sin consensuar, el propio punto de vista o
razón.
Además,
como son consecuencia y expresión del modo de construcción de la psiquis
masculina producto de la socialización para los varones que jerarquiza para
ellos la valorización del dominio sobre las personas, la autosuficiencia y la
creencia en el derecho sobre las mujeres.
Se
propone, a fin de contribuir a su visibilización, una tipología de los
micromachismos, los coercitivos, los encubiertos y los de crisis, cada una con
un repertorio de maniobras y un tipo especifico de efectos.
Y
se finaliza destacando algunos factores a tener en cuenta para abordar estas
maniobras en el ámbito de las acciones terapéuticas y preventivas realizadas
con parejas.
Ser
varón supone tener el derecho a ser protagonista (independientemente de cómo se
ejerza ese derecho). La cultura androcéntrica niega ese derecho a las mujeres,
que deberán entonces (si pueden) conquistarlo. A través de la socialización,
esto deviene en la creencia generalizada de que los varones tienen derecho a
tomar decisiones o a expresar exigencias a las que mujeres se sienten obligadas,
disminuyendo su valor y necesitando la aprobación de quien a ellas les exige.
La ecuación "protección por obediencia" refleja esta situación y
demuestra la concepción del dominio masculino
Este
dominio, arraigado como idea y como práctica en nuestra cultura mantiene y se
perpetúa por:
Su naturalización.
La
falta de recursos de las mujeres. Uso por los varones del poder de
macrodefinición de la realidad y de otro poder que especialmente nos interesa:
el poder de microdefinición, que es la capacidad y habilidad de orientar el
tipo y el contenido de las interacciones en términos de los propios intereses,
creencias y percepciones. Poder de puntuación que se sostiene en la idea del
varón como autoridad que define que es lo correcto.
La explotación del
"poder" del amor
Y
la mujer, ¿qué poderes ejerce?: el sobrevalorado poder de los afectos y el
cuidado erótico y maternal. Con el logra que la necesiten. Pero este es un
poder delegado por la cultura androcéntrica, que le impone la reclusión en el
mundo privado. En este mundo se le alza un altar engañoso y se le otorga el
titulo de reina, titulo paradójico, ya que no puede ejercerlo en lo característico
de la autoridad (la capacidad de decidir por los bienes y personas y sobre
ellos), quedando solo con la posibilidad de intendencia y administración de lo
ajeno. Poder además característico de los grupos subordinados, centrados en 'manejar"
a sus superiores haciéndose expertos en leer sus necesidades y en satisfacer
sus requerimientos, exigiendo algunas ventajas a cambio. Sus necesidades y
reclamos no pueden expresarse directamente, y por ello se hacen por vías 'ocultas";
quejas, distanciamientos, etcétera.
Estas
situaciones de poder (que desde la normativa genérica desfavorecen a las
mujeres) suelen ser invisibilizadas en las relaciones de pareja, llevando a la
creencia de que en ellas se desarrollan practicas recíprocamente igualitarias y
velando la mediatización social que adjudica a los varones, por el hecho de
serlo, un plus de poder del que carecen las mujeres.
Si
bien no todas las personas se adscriben igualmente a su posición de género, y
aunque el discurso de la superioridad masculina está en entredicho, el poder
configurador de la masculinidad como modelo sigue siendo enorme. Aun las
creencias ancestrales oscurecen las injusticias, aplauden las conductas
masculinas y censuran a la mujer que asume otras competencias.
Estas
premisas que he planteado no son fácilmente aceptadas, ya que implican un
desafío a lo "dado", y son aun menos aceptadas por los varones, en
tanto ponen al descubierto las ventajas masculinas en relación con las mujeres
y obligan por ello al consiguiente dilema ético de como posicionarse frente a
esta injusta situación (que por otra parte se encuentra en la base de la socialización
masculina).
Destinados
a que las mujeres queden forzadas a una mayor disponibilidad hacia el varón,
ejercen este efecto a través de la reiteración, que conduce inadvertidamente a
la disminución de la autonomía femenina, si la mujer no puede contramaniobrar
eficazmente.
Su
ejecución brinda "ventajas", algunas a corto, otras a largo plazo para
los varones, pero ejercen efectos dañinos en las mujeres, las relaciones
familiares y ellos mismos, en tanto quedan atrapados en modos de relación que
convierten a la mujer en adversaria, impiden el vinculo con una compañera y no
aseguran el afecto (ya que el dominio y el control exitoso solo garantizan obediencia
y generan resentimientos).
Aun
los varones mejor intencionados los realizan, porque están fuertemente
inscritos en su programa de actuación con las mujeres. Algunos micromachismos
son conscientes y otros se realizan con la "perfecta inocencia" de lo
inconsciente.
Con
estas maniobras no solo se intenta instalarse en una situación favorable de
poder, sino que se busca la reafirmación de la identidad masculina, asentada
fuertemente en la creencia de superioridad. Finalmente, mantener bajo dominio a
la mujer permite también (y este es un objetivo que se debe trabajar cuando se
intenta desactivar estas maniobras) mantener controlados diversos sentimientos
que la mujer provoca, tales como temor, envidia, agresión o dependencia.
Quizás
uno de los mecanismos más férreamente consolidados en el sostenimiento de estas
acciones como de otras que conducen al racismo, la xenofobia o la homofobia,
sea el de la objetificación: La creencia de que solo algunos varones (blancos)
heterosexuales tienen status de persona permite percibir, en este caso, a las
mujeres como "menos" persona, negándoles reconocimiento y justificando
el propio accionar abusivo. Pero adentrarnos en esto excede en mucho el
objetivo de este trabajo en el que solo intento visibilizar los micromachismos.

